HERRERA: La Persona del Catequista (Parte 2)

February 13, 2024

Las tres Hermanas Dominicas de la Doctrina Cristiana que sirven a la Diócesis de Birmingham, Alabama, vienen de México como parte de la última cohorte del Programa de Intercambio de Hermanas entre Estados Unidos y América Latina de Catholic Extension, patrocinado por la Fundación Hilton. En una foto del 10 de noviembre de 2023. (Foto OSV News/cortesía de Catholic Extension)

Continuamos explorando el papel esencial del catequista. En mi articulo anterior publicado en este periódico hablaba de que cuando la persona del catequista experimenta este encuentro con el Señor Jesucristo, reconoce que la fe es un don, reconoce que no es dueño del Evangelio.

Por lo tanto, una de las primeras cualidades que la persona del catequista tendrá que aprender es ser humilde y no orgulloso, “sean pues, precavidos como la serpiente, pero sencillos como la paloma” (Mt 10, 16b).

Ser catequista es una tarea esencial y fundamental dentro de la misión de la Iglesia. Es tan fuerte este vinculo que la persona del catequista tiene que prepararse y formarse en las enseñanzas de la Iglesia, pero antes de prepararse el/la catequista debería de hacerse esta pregunta como punto de reflexión: ¿Cómo llegó usted a ser catequista?

Es muy probable que la persona del catequista conteste que había necesidad en la parroquia de tener catequistas, o el sacerdote le hizo una invitación personal, o posiblemente buscaba maneras de dar servicio y sentirse útil en la parroquia. Todas estas razones son justificables pero incompletas.

La persona del catequista es catequista ¡porque el Señor lo ha llamado! Si, así es, en pocas palabras, por virtud del Bautismo que la persona ha recibido ha sido “incorporado a la Iglesia y hechos participes de su misión” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1213). Razonablemente, este llamado es en sí una vocación y es el deseo de emprender, buscar el Reino de Dios y dirigir la persona hacia la voluntad de Dios y no la propia. “Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30).

Consecuentemente, la persona del catequista hace conciencia de que ha recibido la fe de la Iglesia y que tiene un deber de “participar en la actividad apostólica y misionera del pueblo de Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1270). Cuando la persona del catequista reconoce y afirma que tiene un llamado por Dios y que está haciendo invitado para que viva, trabaje y edifique en su viña, es muy poco pensable que pueda hacer oídos sordos. “La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha” (Lc 10,2).

La persona del catequista entonces reconoce que su llamado nace en una comunidad de creyentes, de que no esta solo, de que poco a poco aprenderá a descubrir el sentir de la Iglesia.

En pocas palabras, asimilará que todo esfuerzo de evangelización y formación no se puede hacer afuera de la Iglesia excluyendo a la autoridad de la Iglesia, al contrario, nace desde el seno de la Iglesia. Y esto es importantísimo para el papel que la persona del catequista tendrá que desempeñar, que primero hay que instruirse a ser humildes y no orgullosos.

La mejor escuela de formación para ser humildes es la oración cristiana, pero para esto hablaré en otra ocasión. La formación de la persona debe ser permanente, intensa y orientada hacia la maduración cristiana del catequista, no se estudia para saber más, se estudia para servir mejor. 

Adrian Alberto Herrera es actualmente director asociado para la Oficina de Evangelización y Catequesis.