Nuestro regalo de Navidad es el niño Jesus

December 11, 2012

Cada año después del día de Acción de Gracias en los Estados Unidos contamos con el conocido “Black Friday,” apoteósica ocasion que nos ofrece la oportunidad de comprar una gran variedad de productos a precios a veces increíbles, todo para procurar que demos y recibamos también regalos de otras personas en Navidad. 

En el fondo de este fenómeno tan humanamente curioso, complicado y tan lleno de sorpresas, está lo sucedido en la primera Navidad de la historia cuando un Dios quiso darse Él mismo como regalo en un pueblito llamado Belén. 
Ese niño Dios, envuelto en pañales, que probó el frío de nuestro mundo y que quedó cautivado por primera vez por la sonrisa de su mamá, ha sido y seguirá siendo el mejor regalo que todos los seres humanos de todas las épocas recibimos.
Evocando esas escenas de Black Friday, vienen a mi mente las siguientes ideas que son las que precisamente quiero compartir con ustedes, asiduos lectores: 

En uno de estos siguientes domingos de Adviento, la liturgia propone un pasaje de la Carta de Santiago, que comienza con esta exhortación: “Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la Venida del Señor” (5,7). Me parece particularmente importante, en nuestros días, subrayar el valor de la constancia y de la paciencia, virtudes que hoy son menos populares, y sólo ocasionalmente vividas, en un mundo que exalta, más bien, el cambio y la capacidad para adaptarse a situaciones siempre nuevas y diversas. 
Sin nada que quitar a lo dicho, el Adviento nos llama a potenciar esa tenacidad interior, esa resistencia de espíritu, que nos permiten no desesperar en la espera de un bien que tarda en llegar, sino más preparar su venida con confianza operante. Esa paciencia, constancia, tenacidad y resistencia la vemos plasmada en muchos de los compradores que hacen interminables filas para conseguir lo que tanto añoran comprar.

Quizás de esa misma forma funciona nuestra fe…

“Mirad: el labrador espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías. Tened también vosotros paciencia; fortaleced vuestros corazones porque la Venida del Señor está cerca” (Santiago 5, 7-8). La comparación con el campesino es también muy cercana: quien ha sembrado en el campo tiene ante sí meses de espera paciente y constante, pero sabe que la semilla mientras tanto cumple con su ciclo, gracias a las lluvias de otoño y primavera. 

El agricultor no es fatalista, sino que es un modelo de esa mentalidad que une de manera equilibrada la fe y la razón, pues, por una parte, conoce las leyes de la naturaleza y cumple bien con su trabajo, y, por otra, confía en la providencia, dado que algunas cosas fundamentales no dependen de él, sino que están en las manos de Dios. La paciencia y la constancia son precisamente síntesis entre el compromiso humano y la confianza en Dios. Igualmente sucede con los mencionados compradores... Esperan con paciencia y constancia, sin importar las inclemencias del tiempo, con la confianza de que sí están allí atentos podrán cumplir su objetivo y obtener lo que han esperado por tantas horas. 

Qué podemos concluir de todas estas vivencias de este mundo que nos rodea hoy? 

“Fortaleced vuestros corazones”, dice la Escritura. ¿Cómo lo podemos hacer? ¿Cómo pueden ser más fuertes nuestros corazones, si ya de por sí son más bien frágiles, y si la cultura en la que estamos sumergidos les hace más inestables? La ayuda no nos falta: es la Palabra de Dios. La Palabra de Dios no pasa. Si las distracciones y vicisitudes de la vida nos hacen sentirnos perdidos, confundidos y a veces pareciera que se derrumba toda certeza, tenemos una brújula para encontrar la orientación, tenemos un ancla para no ir a la deriva. Esa ancla y esa brújula esta en la Palabra de Dios y en su amistad, en ellas encontramos la fuerza y la verdadera alegría, encontramos la verdadera esperanza, lo que no decepciona, pues están fundamentadas en el amor y la fidelidad de Dios por nosotros. Recibimos de Dios muchos dones y regalos, y estamos llamados a darle regalos y dones a Él y a cada prójimo. La actitud de quien sólo quiere recibir regalos y no dar nada, la actitud de quien quiere que otros se le entreguen y no estar dispuesto a entregarse, es la raíz de todos los problemas del mundo.

Este tiempo de adviento nos habla de la visita de Dios y nos invita a prepararle el camino. A la luz de la fe podemos vivir en la enfermedad, en el sufrimiento, en la escasez, esta particular experiencia del adviento muy contraria a la que nuestra cultura nos esta vendiendo a diario, es la que ofrecerá paz y amor a nuestro corazón. La visita de Dios, misteriosa, pero tan cercana a nuestra propia naturaleza, viene a nuestro encuentro, nos libera de la soledad y del sinsentido de esta cultura de la muerte; vivir la Navidad al estilo del Niño Dios es convertirse en regalo para los demás.

Que esta Navidad sea una pequeña muestra de que queremos al Niño Dios. De que queremos vivir nuestra fe. De que queremos dar gratis lo que gratis hemos recibido. De que queremos dar y no sólo recibir. De nuestra paciencia y constancia por ser mejores personas, esposos, padres, hijos, tíos, abuelos, nietos, compañeros, amigos… Hijos de Dios!
Siglos antes de la venida del Niño Dios, el profeta Isaías anunciaba: 

“Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; le ponen en el hombro el distintivo del rey y proclaman su nombre: “Consejero Admirable, Dios Fuerte, Padre que no muere, Príncipe de la Paz.”

¡Príncipe de la Paz! Hoy nuestro mundo sufre por la inseguridad, por el irrespeto, por la violencia, por el desamor. Hoy más que nunca necesitamos al Niño Dios, Príncipe de la Paz y del Amor. Hoy más que nunca nos toca contagiar la luz, el amor y la paz que nos viene del Niño Dios. Porque la paz y la verdadera alegría que nos quiere regalar el Niño Dios se instala en el fondo del corazón, no en los regalos y las celebraciones. Aceptemos el regalo del amor y de la paz del Niño Dios y contagiémosla a los demás; esa paz, ese amor y esa generosidad del Niño Dios es la paz, el amor y la generosidad del alma, de la conciencia, de la misericordia, del perdón mutuo, de la caridad cristiana, de la alegría cristiana en medio del dolor, del dar sin esperar nada a cambio. 

Querido Niño Dios, regálale tu paz, tu amor a cada niño, a cada joven, a cada adulto y a cada anciano. Querido Niño Dios, regálanos tu amor verdadero. Mamá del Niño Dios, María, sigue cautivando con tu sonrisa a tu hijito y contagia tu sonrisa a todas las mamás y papas del mundo porque donde hay unos padres que sonríen a su hijo, ahí hay un pequeño príncipe de paz y de amor.

Queremos cambiar el mundo de la mano del Niño Dios…para contemplarle con los sentimientos de Maria y de José, confiándoles totalmente a nosotros mismos, confiándoles nuestras vidas, nuestras esperanzas. En el hogar de Nazareth encontraremos — si acudimos con sencillez y con el alma limpia y abierta — la prenda, el regalo espiritual y profundo de autentica generosidad, alegría y paz que sólo Él nos puede regalar. †

Maritza C. Roman-Pavajeau es di­rectora asociada del Ministerio de Vida Familiar de el Archidiócesis.