A Shepherd's Message - April 25, 2017

April 25, 2017

The Easter Season is a time when the sacramental life of the Church is most intense.  Beyond those who are baptized and confirmed at the Easter Vigil, this is also a period when our youngsters make their First Holy Communion, when the number of Confirmations for our adolescents is great, and when there are many celebrations of the Sacrament of Marriage.  Some of our parishes will also celebrate a group Anointing of the Sick.  This is also the season for Ordinations to the diaconate and priesthood.

The sacraments are not just rituals.  They are the space in which the mystery and the plan of God’s salvation in Christ and in the power of the Holy Spirit is realized and celebrated.  At the center of all the sacraments is the Holy Eucharist, the place where our redemption is re-presented and is made vivid for us all.  It is the reason for the celebration of Mass at the time of most of our sacraments outside of Penance, a sacrament to ‘fit’ us for the Eucharist. The Spirit that is Holy and the ‘Bride’ that is the Church are united in all sacramental actions in an unparalleled way – from their two wills comes a single love.  In the action of a sacrament even where single individuals are involved, the whole Church is acting and activating an energy of receptivity and faith on behalf of the whole Body of Christ.  Sacramental actions may seem small, unobtrusive, even paltry, but the energy of the whole Church in communion with the source, the Father, Son and Spirit, is intense and always filled with praise and thanks.  Change and transformation occurs in sacramental life: the actions say what they mean and mean what they say; they are a genuine cause of our initiation into divine life or a deeper growth in that same life.

The Father’s love for humanity is inexhaustible and is bestowed on each unique person while also drawing each one into the communion of the whole Church; this is real and possible through the Holy Spirit who keeps anointing the Church with Christ in each sacramental celebration.  Sacraments deal with our new birth and mission (Baptism, Confirmation), our healing (Anointing of the Sick and Penance), and our deeper communion in giving life and being servants (Marriage and Holy Orders).  These sacraments are ordered to the Holy Eucharist, the sacrament of sacraments, the time and place when we are at our best and doing what we do the best!

It has been a constant liturgical custom of our Church to read the Acts of the Apostles as the First Reading during the Easter Season and practically laying aside any reading from the Old Testament during the fifty days of Easter.  The reason is that this beautiful work of St. Luke, the second volume as it were of the Gospel by the same author, is a narrative and history of the Spirit working in the Church making Jesus Christ even more alive than He was in His physical human life among us.  The Crucified and Risen Christ and His identity become clearer to the Apostles and early Christians, the first witnesses.  In the variety of the situations encountered, the Church discovers herself and her identity as the place where Jesus is.  The Acts of the Apostles is filled with actions of preaching and healing, of attentiveness to teaching and catechesis, of immense outreach to the poor, collections for those in need, missionary travels, deep personal and liturgical prayer, persecutions and martyrdom, and remarkable joy with no hint of nostalgia for the days when Jesus was physically present.  He becomes more present in His mysteries, His sacraments, His preaching, yes, in His divinity, the more He passes from physical eyes to the eyes of faith, the discernment by a new kind of ‘touching,’ the Word and the Sacrament.  He becomes more universal without ever losing His intimate presence among those early Christians, and indeed among us as well!

I am convinced that a proper understanding and celebration of the sacramental life of the Church and of prayer and of action for the poor are three dimensions that fit us for our mission in the world today.  Without these realities, the Church becomes, in the words of Pope Francis, just another “non-governmental organization (NGO).”  The Church loses its salt and light!  But the world needs the Church’s flavor, it’s preserving of life and its illumination.


La Pascua es un tiempo en que la vida sacramental de la Iglesia es más intensa.  Más allá de los que son bautizados y confirmados en la Vigilia Pascual, este es también un período en que nuestros jóvenes hacen su Primera Comunión, cuando el número de Confirmaciones para nuestros adolescentes es mayor, y cuando hay muchas celebraciones del Sacramento del Matrimonio.  Algunas de nuestras parroquias también celebrarán la Unción de los Enfermos en grupo.  Esta es también la temporada de las Ordenaciones al Diaconado y al Sacerdocio.

Los sacramentos no son sólo rituales.  Ellos son el espacio en el que se realiza y se celebra el misterio y el plan de salvación de Dios en Cristo y con el poder del Espíritu Santo.  En el centro de todos los sacramentos está la Sagrada Eucaristía, el lugar donde nuestra redención está representada y se hace viva para todos nosotros. Ésta es la razón de la celebración de la Misa.   Además de la Penitencia, el sacramento que nos hace "aptos" para la Eucaristía.  El Espíritu Santo y la "Esposa" que es la Iglesia están unidos en todas las acciones sacramentales en un camino sin precedentes - de sus dos voluntades se genera un solo amor.  En la acción de un sacramento, incluso cuando se trata de individuos particulares, toda la Iglesia está actuando y avivando una energía de receptividad y fe en nombre de todo el Cuerpo de Cristo.  Las acciones sacramentales pueden parecer pequeñas, parecer desapercibidas, incluso insignificantes, pero la energía de toda la Iglesia en comunión con la fuente, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es intensa y siempre llena de alabanzas y acción de gracias.  El cambio y la transformación ocurren en la vida sacramental: las acciones dicen lo que significan y significan lo que dicen; son una causa genuina de nuestra iniciación en la vida divina o un crecimiento más profundo en esa misma vida.

El amor del Padre por la humanidad es inagotable y se otorga a cada persona, al mismo tiempo que atrae a cada uno a la comunión de toda la Iglesia.  Esto es real y posible a través del Espíritu Santo que continúa ungiendo a la Iglesia con Cristo en cada celebración sacramental.  Los sacramentos tienen que ver con nuestro nuevo nacimiento y misión (Bautismo, Confirmación), nuestra sanación (Unción de los Enfermos y Penitencia), y nuestra comunión más profunda en dar vida y ser servidores (Matrimonio y Órdenes Sagradas).  Estos sacramentos están vinculados a la Sagrada Eucaristía, al sacramento de los sacramentos, al tiempo y lugar cuando estamos en nuestro mejor momento y ¡haciendo lo que hacemos lo mejor posible!

Ha sido una constante costumbre litúrgica de nuestra Iglesia leer los Hechos de los Apóstoles como la Primera Lectura durante la Pascua y prácticamente dejar de lado cualquier lectura del Antiguo Testamento durante los cincuenta días de Pascua.  La razón es que esta bella obra de San Lucas, el segundo volumen del Evangelio del mismo autor, es una narración e historia del Espíritu que obra en la Iglesia, haciendo a Jesucristo aún más vivo que cuando estaba en Su vida material entre nosotros.  El Cristo Crucificado y Resucitado y su identidad se vuelven más claros para los Apóstoles y primeros cristianos, los primeros testigos.  En la variedad de las situaciones con las que se encuentra, la Iglesia se descubre a sí misma y su identidad como el lugar donde está Jesús.  Los Hechos de los Apóstoles están llenos de predicación y curación, de atención a la enseñanza y catequesis, de inmenso alcance a los pobres, colectas para los necesitados, recorridos misioneros, profunda oración personal y litúrgica, persecuciones y martirio, y alegría notable sin ningún indicio de nostalgia por los días en que Jesús estaba físicamente presente.  Él se hace más presente en Sus misterios, Sus sacramentos, Su predicación, sí, en Su divinidad, cuanto más pasa de los ojos físicos a los ojos de la fe, el discernimiento por un nuevo tipo de "tocar", la Palabra y el Sacramento.  ¡Se vuelve más universal sin perder nunca su presencia íntima entre los primeros cristianos, y ciertamente también entre nosotros!

Estoy convencido de que un adecuado entendimiento y celebración de la vida sacramental de la Iglesia, de la oración y de la acción por los pobres son tres dimensiones que nos convienen para nuestra misión en el mundo de hoy.  Sin estas realidades, la Iglesia se convierte, -palabras del Papa Francisco-, en otra "organización no gubernamental (ONG)".  ¡La Iglesia pierde su sal y su luz!  Pero el mundo necesita el sabor de la Iglesia, su preservación de la vida y su iluminación.