About Us >
Our Bishops >
Cardinal DiNardo >
Blog
Curriculum Vitae
Coat of Arms
Auxiliary Bishop Sheltz >
Archbishop Emeritus Fiorenza >
Retired Bishop Rizzotto >
Who We Serve >
Pastoral Plan >

Blog


A Shepherd's Message - Nov. 8, 2016
November 4, 2016

The month of November has traditionally been dedicated to remembrance of the faithful departed, a time to visit graves and cemeteries, a time to pray for family, relatives, friends and even more generously, a time to pray for all those who have died that they may have eternal rest.

In the prayer of the commendation of the dying, the opening text reads: “Go forth, Christian soul, from this world in the name of God the almighty Father, who created you, in the name of Jesus Christ, the Son of the living God, who suffered for you, in the name of the Holy Spirit, who was poured out upon you. Go forth, faithful Christian!” This beautiful sentence places every Christian in the right context, that is, in the embrace of our merciful God, the Holy Trinity, the One who brings us at last to the peace of the Kingdom which we have tried, by grace, to live during our brief span of time here.

The Profession of our Faith, which we make each Sunday, concludes with a ringing affirmation of the Resurrection of the Body and Life Everlasting. Our hope is founded on Christ Jesus, crucified for our sins and risen from the dead. It is HIS Resurrection that is the basis for our own coming to life again in Him. St. Paul is emphatic about this in all his writings and beautifully states this theme in his Letter to the Romans where he writes, “If the Spirit of Him who raised Jesus from the dead dwells in you, He who raised Christ Jesus from the dead will give life to your mortal bodies also through His Spirit who dwells in you.” (Romans 8: 11)

We are mortals and all of us will die. In death, the soul is separated from the body and our flesh dissolves. Because as living beings, our bodies are precious temples of the Spirit, we also pay honor to them in death. Our remains belong in a sacred space that helps us as members of the Church, of the Body of Christ, remember and pray for the dead and keeps our hope alive for the future resurrection of all the dead at the Last Judgment. The ‘how’ of our final resurrection exceeds our imagination and earthly understanding. What we do know is that the appearances of the Risen Jesus during the Forty Days after His own Resurrection give us hints of our future transformation.

By baptism we already share the first fruits of Christ’s transformation in us. While we live here on earth, we beg God’s grace for ourselves and we continually remember those who have gone before us marked with the sign of faith. Prayers for the dead are at the very origin of our Catholic faith in the New Testament and early Patristic period and they have continued until today. I urge you to continue to remember the faithful departed, to have the celebration of the Eucharist offered for them, especially at the time of the anniversaries of death, and to keep alive the flame of Christian hope for our own resurrection of the body and eternal life. Christian death is not only sadness and a reminder of death as a consequence of sin. Christian death also has a positive meaning as an act of obedience and love towards the Father after the example of Christ Himself. With steadier conviction we should be able to say: “Into your hands, O Lord, I commend my spirit.”

I pray that the month of November will be a serene time to remember the dead and look upon Christ, our hope and our resurrection!


El mes de Noviembre ha sido tradicionalmente dedicado al recuerdo de los fieles difuntos, un tiempo para visitar las tumbas y los cementerios, un tiempo para orar por la familia, familiares, amigos y aún más generosamente, un tiempo para orar por todos los que han muerto para que tengan el descanso eterno.

En la oración de encomienda de los moribundos, el texto de apertura dice: "¡Sal, alma cristiana, de este mundo en el nombre de Dios Padre todopoderoso, que te creó; en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que sufrió por ti; en el nombre del Espíritu Santo, que fue derramado sobre ti. Sal, fiel cristiano!” Esta hermosa oración coloca a cada cristiano en el contexto correcto, es decir, en el abrazo de nuestro Dios misericordioso, la Santísima Trinidad, que nos conduce por fin a la paz del Reino que hemos tratado, por la gracia, de vivir durante nuestro breve lapso de tiempo aquí.

La Profesión de nuestra fe, la cual hacemos cada domingo, concluye con una resonante afirmación de la Resurrección del Cuerpo y de la Vida Eterna. Nuestra esperanza está fundada en Cristo Jesús, crucificado por nuestros pecados y resucitado de entre los muertos. Es SU RESURRECCIÓN la que es la base para nuestro propio volver a la vida otra vez en Él. San Pablo es enfático en esto en todos sus escritos y afirma maravillosamente este tema en su Carta a los Romanos, donde escribe: "Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, ÉL que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará vida a sus cuerpos mortales también por medio de su Espíritu que habita en ustedes "(Romanos 8: 11).

Somos mortales y todos moriremos. En la muerte, el alma se separa del cuerpo y nuestra carne se disuelve. Como seres vivos, nuestros cuerpos son preciosos templos del Espíritu, entonces también los honramos en la muerte. Nuestros restos corresponden estar en un espacio sagrado que nos ayuden como miembros de la Iglesia, del Cuerpo de Cristo, a recordar y orar por los difuntos y mantener nuestra esperanza viva en la futura resurrección de todos los muertos en el Juicio Final. El "cómo" de nuestra resurrección final excede nuestra imaginación y entendimiento terrenal. Lo que sí sabemos es que las apariciones de Jesús Resucitado durante los Cuarenta Días después de Su propia Resurrección nos dan indicios de nuestra futura transformación.

Por el Bautismo ya compartimos los primeros frutos de la transformación de Cristo en nosotros. Mientras vivimos aquí en la tierra, pidamos la gracia de Dios para nosotros mismos y recordemos continuamente a aquellos que se han ido antes de nosotros marcados con el signo de la fe. Las oraciones por los difuntos se remontan a los orígenes de nuestra fe católica en el Nuevo Testamento, en el período Patrístico y continúan hasta hoy. Los exhorto a que sigan recordando a los fieles difuntos, que ofrezcan la celebración de la Eucaristía por ellos, especialmente en los aniversarios de su muerte, y que mantengan viva la llama de la esperanza cristiana de nuestra propia resurrección del cuerpo y vida eterna. La muerte cristiana no es sólo tristeza y un recordatorio de la muerte como consecuencia del pecado. La muerte cristiana también tiene un significado positivo como un acto de obediencia y amor hacia el Padre según el ejemplo de Cristo mismo. Con convicción más firme podremos decir: "En tus manos, oh Señor, encomiendo mi espíritu".

¡Que el mes de noviembre sea un tiempo de serenidad al recordar a los difuntos y mirar a Cristo, nuestra esperanza y nuestra resurrección!

By Daniel Cardinal DiNardo
Comments: 0

Comments Post comments  
There are no comments posted yet.